Soñar siendo consciente, o el subconsciente participando en confundir nuestra realidad. Antes de ver Origen iba con la idea preconcebida de que saldría satisfecha al saber que Christopher Nolan era el director de este largometraje, quién después de “Memento” se ganó el estandarte de cine de autor, y con razón, gracias al guión complejo. Sueños como realidades alternativas que podemos modificar a nuestro antojo es lo que propone en “Origen”. Interferir en el sueño de una persona , hacer germinar una idea en su mente y jugar con sus recuerdos con el propósito de trastocar su comportamiento e incluso aún, las decisiones relevantes para su futuro. Esto es lo que van a pretender Leonardo DiCaprio y compañía, quienes merodean sin permiso en el subconsciente de un multimillonario con el fin de conseguir una conexión afectiva con su difunto padre para incentivar la idea de dividir el patrimonio familiar.
Pero en los sueños existen reglas que ni el hermano de Nolan podía trastornar. El tiempo se minimiza en la realidad, las leyes de la física se burlan de la manzana de Newton y cuando mueres, despiertas, detalle irónico. La atmósfera del sueño se consigue con los diálogos sinsentido, esa angustia conseguida por las persecuciones, peleas en zonas ingrávidas, ralentíes o desmoronamientos de escenarios como un apocalipsis del sueño. Una película hecha para captar rápidamente la atención del espectador por el ritmo frenético de las escenas y un reparto para vender en taquilla recurriendo a algunas jóvenes promesas como Joseph Gordon-Levitt o Ellen Page que constatan que lo suyo es la comedia independiente, o un Leonardo DiCaprio que solo parece funcionar en las manos de Scorsese.
El desarrollo de los personajes es nulo lo que habría hecho más interesante el argumento, como el de Ariadne, quien crea los laberintos e intenta salvar a Cobb del suyo propio (en la mitología ella ayudaría a Teseo en el laberinto del Minotauro) o del propio Fisher, la víctima en cuestión. Centrándose únicamente en el final trágico de Mall, una Marion Cotillard quién me hubiera gustado ver como el verdadero “mal” de la historia, cayendo en un sentimentalismo de eternizar el amor escapando de las dificultades de la realidad. Querer despertar o preferir seguir soñando. Opto por cerrar los ojos, evadirme del presente por un instante al oír “Non, Je en regrette rien”, y enfrentar la realidad.
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