Por Marta Sánchez-Puebla Flores
Nunca unas simples spallieras contaron una historia tan exquisita como las que el maestro Botticelli pintó, de las cuales tres se encuentran ahora en el Museo del Prado de Madrid (la cuarta pertenece a una colección privada). Estas tablas fueron ejecutadas hacia el 1483 y fueron encargadas por la familia Pucci con motivo de ser el regalo de bodas de su hijo. No se tratan de unas simples pinturas, sino que la historia que en ellas se nos narra pertenece al Decamerón de Boccaccio, concretamente a la octava novela de la quinta jornada del libro.
Botticelli nos cuenta en ellas la historia de Nastagio, un joven que es rechazado por la mujer que ama, y que contempla un extraño suceso que luego él utilizará en beneficio propio para conseguir el “corazón” de su dama. Mientras el está meditando en un pinar, observa como una joven desnuda es perseguida por un caballero y sus perros y al darle caza, este le arranca el corazón y otra vez comienza a perseguir a la joven. El caballero le cuenta al horrorizado Nastagio, que lo que ella padece es un castigo por rechazarlo y no sentir pena alguna cuando él se suicidó. Tras presenciar tan terrible escena, a Nastagio se le ocurre que quizá su amada acceda a casarse con el si ella también ve el castigo de la joven perseguida y efectivamente, todo sale como él planea y consigue casarse con su amada.
La historia tiene cierto carácter machista, ya que el hombre no puede aceptar ser rechazado por la mujer (de ahí vendría el origen de los matrimonios violentos). También moralizante, si haces lo que “es correcto” no te acontecerá un castigo. Nastagio juega con el temor de la gente para controlarla, puesto que el miedo manipula a las personas y hace que estas cometan actos que muchas veces no cometerían. Esta historia además, podría compararse con otras famosas persecuciones como es el caso de Apolo y Dafne en la que la joven también rechaza a su pretendiente y huye de él para terminar transformada en árbol.Una de las cosas que más me han llamado la atención de los cuadros quizá haya sido como Botticelli juega con los arboles para que parezca una composición arquitectónica, y como en la segunda pintura a base de crear diferentes escenas le da a todo un sentido circular, como de eterna persecución, en la que incluso el espectador forma parte de ella.
Por ello, es una pena que unas de las pocas obras que conservamos de Botticelli estén en un lugar tan recóndito del museo donde no pueden ser apreciadas como se merecen.
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