viernes, 8 de octubre de 2010

La revolución vive abajo

Laura Cámara Alonso


Sin miedo morir.
Sin rival vivir.
Morir sin miedo.
Sin miedo vivir.
Sin rival morir.
Vivir sin miedo.

Cuando miré por primera vez los tapices que había en la sala no entendí absolutamente nada. Tal vez ahora, después de haber reflexionado sobre ellos siga sin hacerlo y todas mis conclusiones sean erróneas. Soy una persona a la que le gustan las exposiciones “clásicas”, y esta me resultaba verdaderamente inusual. Leí el tríptico que había cogido a la entrada. Carlos Garaicoa era un artista cubano. Puede sonar a tópico, pero en cuanto leí eso comencé a comprender. Quizás, solo quizás, estos tapices querían hablarnos de lucha y de la necesidad de un cambio en el pensamiento a través de los mensajes que contenían. Al pararme delante de cada tapiz a reflexionar, a pensar qué era lo que veía y qué me querían decir esas demoledoras frases, se me venían a la cabeza palabras como pesimismo, lucha y oportunidades de libertad. Ese podría ser el objetivo de los mensajes pero, ¿porqué alfombras? ¿Por qué poner esos mensajes tan importantes en un objeto que no suele llamar la atención, que se puede pisar libremente? ¿ Tal vez porque Garaicoa también quería transmitirnos la idea de la indiferencia, de la desilusión, de toda esa gente que pasa por encima sin fijarse siquiera en lo que está ocurriendo?
Necesité una segunda vuelta por la sala para volver a fijarme en aquellos mensajes, pero lo que terminó de convencerme en cuanto a las ideas que estaba teniendo, en como percibía la obra de Carlos Garaicoa, fuesen esas ideas o no las que el autor quería que viese, fue el entorno de la exposición. Era un espacio a medio construir, en obras, con las vigas vistas y con muy poca iluminación, casi deprimente a mi juicio. Pero precisamente este aspecto de que estaba todavía por construir reforzaba esa sensación de que el cambio necesario está todavía sin terminarse.

Por otra parte, tal vez el hecho de que estas frases provengan de la publicidad, de nombres de tiendas, que en realidad no guardan relación con las ideas que las frases de los tapices nos evocan, quiera hacernos ver la ironía velada que guardan estos mensajes; que un eslogan publicitario o el nombre de un comercio, algo que nos conduce a gastar dinero y a encerrarnos en una burbuja de consumismo, se pueda convertir en frases libertadoras, casi en poesía que hable de la lucha por la libertad. El objeto final de la exposición podría ser el de animarnos al cambio. O quizás no exista tal mensaje, y el autor solo pretende que reflexionemos sobre unas frases que significan algo distinto dependiendo de quien las lea.

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