martes, 2 de noviembre de 2010

NASTAGIO O EL CHANTAJE COMO OBRA DE ARTE

CARLOS PEREZ PESTANA

Estas tres tablas que se conservan en el Museo de El Prado, de forma algo vergonzante, más una cuarta perteneciente a una colección privada que se halla en Suiza, fueron pintadas por Botticelli en 1483 y encargadas como regalo de boda para su hijo Giannotto, por un tal Antonio Pucci, para revestir y adornar las cuatro paredes de la alcoba de los contrayentes. En ellas se cuenta una historia que Boccaccio narra en la 5ª jornada de El Decamerón acerca de Nastagio, un joven de Rávena que, despechado por el rechazo de su amada, hija de Paolo Traversari, se retira junto a unos amigos a un pinar cercano a su ciudad. Allí, tras despedirse de ellos, se interna en el bosque donde contempla una estremecedora visión: un jinete persigue a una joven desnuda acosada por unos mastines. El perseguidor alcanza y mata con su espada a la mujer y abriéndole el cuerpo le arranca el corazón. A continuación la joven, de nuevo intacta, se incorpora y la persecución se reanuda. El perseguidor, Guido degli Anastagi, rechazado por su pretendida, se suicida y a la muerte de ésta, ambos son condenados en el infierno a repetir la persecución todos los viernes durante un elevado número de años. Nastagio,inspirado por la visión, ofrece al viernes siguiente, una cena a su amada y familia para hacerles cambiar de opinión; cosa que, dado lo visto, ocurre y Nastagio es informado por una criada de que su pretendida y familia acceden a la boda sin poner más impedimentos. La cuarta tabla -la que está en Suiza- muestra la boda de Nastagio con la hija de Paolo Traversari.

En esta obra Botticelli muestrala desgraciada y tan ampliamente extendida opinión de que las mujeres son las causantes de los males que aquejan a los hombres; opinión firmemente sustentada por la feroz misoginia del Libro, raiz de las religiones imperantes en Europa, África y buena parte de Asia: judaismo, cristianismo e islamismo, citadas según orden de aparición en escena (léanse pasajes del Génesis consu Eva, del Deuteronomio, de las Epístolas de San Pablo, o del Corán; y retrotrayéndosnos a un tiempo un poco más lejano, y ya fuera del Libro, al mito de Pandora que Hesíodo cuenta en Los Trabajos y los Días). Y tampoco podemos olvidar la total supremacía del varón en la cultura ateniense y en Roma, donde el pater familiae ostenta la autoridad absoluta en el seno familiar, pudiendo repudiar a la mujer y vender como esclavos a los hijos. Al parecer, en Esparta la mujer estaba mejor considerada y estimada, pero como señala Indro Indro Montanelli en Los Griegos, su historia la escribieron los atenienses y no otros griegos.

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