Despues de la oscuridad siempre llega luz, o eso dice el saber popular. El artista chileno Alfredo Jaar le da la vuelta a esta afirmacion con una instalacion que acoge actualmente la galeria madrileña Oliva Arauna. Nuestra trayectoria comienza con la luz literalmente cegadora de los focos y los paneles luminosos, a la que acompaña otra luz de igual potencia que la anterior, aunque metaforica; la de tres mujeres, cuyas fotografias aparecen expuestas al principio de la obra, destacables por su labor humana en paises tercermundistas. Sin embargo, tras un primer momento de luminosidad absoluta, Jaar nos sume en un mundo de sombras del que pasamos a formar parte sin darnos apenas cuenta. Tal y como ocurrio a Kevin Carter, al que el artista presenta como un pelele de la opinion publica que fue juzgado en un juicio en el que ,a pesar de no conocerse ninguna verdad absoluta, todos podriamos haber sido jueces. Su nombre es repetido obsesivamente, una y otra vez; Kevin, Kevin Carter, el desheredado Kevin. Kevin y su historia una y otra vez, destruido por los mismos medios que habian encumbrado anteriormente su obra. Tras un fogonazo, esta se nos aparece desgarradora, sangrante, lo suficiente como para echarsela en cara a su propio creador. Y despues, la oscuridad absoluta. ¿Que otra cosa puede aparecer tras el frenetico camino de desgracia que se le hace recorrer al espectador? Y es precisamente este contraste entre luz y oscuridad lo que aporta la clave al artista para provocar conmocion, tanto fisica como emocional, en su publico.Nos encontramos de pronto aturdidos, solos, con una imagen en la cabeza que esta vez va precedida por una historia. No podemos evitar sentirnos culpables o inocentes, preocuparnos por el destino de la niña sudanesa o por el de Carter, que es el objetivo perseguido por el chileno, el cual hace unos años declaraba a El Pais; “La gente ha perdido completamente la capacidad de conmoverse”. Pues bien, si algo se puede decir de “the sound of silence” es que conmueve tanto a partidarios como a detractores; o nos conmueve la realidad sudanesa plasmada en la instantanea, o lo hace el precio a pagar por la misma que queda plasmado en la figura de Carter. ¿A que suena el silencio? Esta vez suena a omision, una omision de datos controlada por los medios de comunicación, omision de ayuda no por parte de Carter, sino de todos aquellos que tras una conmocion inicial siguen con sus vidas tras la vision de la instantanea. Hemos perdido la capacidad de conmovernos. Ya nos cuesta que algo tan antinatural como que el silencio se vea obligado a sonar nos llame la atencion. Y el trabajo de Alfredo Jaar, aunque sea por un tiempo limitado, nos saca de nuestra ensoñacion cotidiana; solo por ello su obra debe ser considerada como una creacion extraordinaria.
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