Sandra Ramos Vera
Entrar en la galería Oliva Arauna con una idea y salir con otra. Esto fue lo que experimenté tras ver la exposición "The Sound of Silence" del artista chileno Alferdo Jaar, que se inauguró el 21 de octubre como celebración de los veinte años de trabajo conjunto entre Jaar y la galería madrileña.

Antes de ir a ver la exposición me informé sobre la fotografía en la que se centra, cuya protagonista es una niña sudanesa en un claro estado de inanición, arrastrándose por el suelo y acechada por un buitre situado a sus espaldas. La mayor parte de las críticas que leí eran negativas, acusando a su autor (Kevin Carter) de ser un despiadado fotógrafo por no haber ayudado a la niña. Despiadado o no, lo que hizo Kevin Carter fue cumplir con su deber: captar con la cámara la dura situación de Apartheid que se vivía en Sudáfrica a principios de los noventa. Para llevar a cabo esta tarea formó un grupo con tres fotógrafos más (todos blancos), a los cuales los llamaron el "Bang Bang Club". Los mejores reporteros del mundo también estaban haciendo su trabajo en Sudáfrica, pero Carter y sus compañeros destacaban entre todos por su temeridad casi demente. Gracias a la foto de la niña y el buitre, Carter ganó el premio Pulitzer en 1994, pero la sociedad se le echó encima criticándolo sin piedad. Fueron tantas las acusaciones y el sentimiento de culpa que poseía a Carter, que se suicidó poco tiempo después de ganar el premio.
Esto mismo nos cuenta Alfredo Jaar en la videoinstalación de ocho minutos que pudimos ver en la galería. Caminando en dirección hacia la caja metálica en la que veríamos el vídeo, nos encontramos con "Three Women", un espacio que complementa a "The Sound of Silence" y que consta de tres fotos minúsculas colgadas en las paredes e iluminadas por las luces blancas de unos focos. Esas fotos nos muestran a tres mujeres (Aung San Suu, Graça Machel y Ela Bhatt) que luchan a favor de los derechos humanos y que no reciben todo el reconocimiento que se merecen. Una vez visualizado esto, seguimos adelante hasta que un gran panel nos ciega con su potente luz, de modo que al entrar al oscuro cubículo tengamos una sensación momentánea de ceguera.

Una vez dentro, el ambiente invita a sentarse en silencio y esperar a que la cuenta atrás termine y la pantalla nos muestre algo que no sabemos muy bien cómo será. La proyección empieza; la pantalla capta toda nuestra atención, dejándonos ver frases en blanco sobre un fondo negro. Frases que nos cuentan la biografía de Kevin Carter y la historia de la polémica foto. Al final de la proyección, Jaar decide volver a cegarnos con otro fogonazo de luz blanca, para que justo después aparezca la foto de la que nos había estado hablando. Ahí se acabó todo, pero mis compañeras y yo nos quedamos sentadas en silencio por un momento, sin saber muy bien qué decir hasta que salimos de allí para volver a ver la luz.
Tras la experiencia, puedo afirmar que Alfredo Jaar consigue su propósito y nos hace reflexionar sobre el poder de la imagen en la sociedad. La fotografía de la niña sudanesa consiguió despertar la conciencia de mucha gente; consiguió que la situación existente en Sudán fuese conocida mundialmente y ablandó el corazón de muchas personas que, posiblemente, hasta entonces sintieran indiferencia hacia el tema. Pero esta imagen también consiguió colocar a Kevin Carter en el punto de mira de la sociedad; una sociedad que solo veía en la foto a Carter negándole el auxilio a la niña. Este hecho nos hace pensar que una especia de ceguera (de ahí que Jaar nos ciegue con las luces de la instalación) posee a la gente, impidiendo que se paren a recapacitar un poco sobre la historia de esa imagen y la vida de su autor.
En toda la obra de Alfredo Jaar se aprecia su horror hacia la indiferencia de la gente ante hechos terribles que suceden continuamente. Palabras textuales del artista han sido frases como: "La gente ha perdido la capacidad de conmoverse". Y en cierto modo es verdad, ya que estamos acostumbrados a que nos bombardeen con imágenes cargadas de violencia y crueldad, hasta tal punto, que no nos queda más remedio que verlo como algo normal y dejarlo pasar.
Parece ser que hace falta que nos metan en un caja a oscuras y en silencio para que aflore nuestra parte más humana. "A oscuras y en silencio", como en un nicho, como sintiendo un poco más a la muerte. En definitiva, sintiendo que nosotros podríamos ser esa niña moribunda y sola, o que podríamos terminar por volvernos locos viendo el horror que nos rodea, al igual que le sucedió a Carter. Kevin Carter.
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