Ni bien nos despertamos por la mañana aunque todavía rezagados por la comodidad del sueño y medianamente conscientes lo primero que captamos, lo que se precipita a tu retina es una imagen. Los que solemos necesitar de información diaria encendemos el televisor o nos hacemos con periódicos en el quiosco o gratuitos cuando salimos a la calle. La imagen pasa a ser compañera de la noticia, historia , crítica o chiste que inmediatamente leerás. Éstas pueden ser dibujos, caricaturas, gráficos estadísticos pero mayoritariamente son fotografías. Fotografías que ayudan a ilustrar esa realidad remota que nos pretender contar, en eso consiste el fotoperiodismo que ha llegado a un extremo en que se ha alejado de la objetividad del asunto llegando al extremo de descontextualizar lo representado, con la incisiva crítica que tergiversa su significado y que desgraciadamente dependen de un línea editorial que a través de situaciones alarmantes como las guerras, los desastres naturales o en protestas sociales únicamente prime los objetivos políticos manipulando la situación.
Alfredo Jaar, artista contemporáneo de origen chileno, pretende mostrarnos el significado real de esta rama de la fotografía que siempre se ha visto perjudicada por su manipulación para dramatizar ciertas situaciones. Su exposición “The Sound of Silence” situada en una escondida galería en el centro de Madrid se apoya de una videoinstalación sobre la vida de Kevin Carter y su polémica fotografía. Pero antes, varios focos de luces captan nuestra atención en tres fotografías de tamaño muy reducido. Al enterarnos de la importancia de estas tres mujeres y de quiénes se tratan, la mirada ya no es de ignorancia sino que llega a nosotros un sentimiento de reflexión, tres mujeres que comparten el mismo lugar de origen, el denominado “tercer mundo” quizás por ser el tercero en vivir, el tercero en comer, incluso el último en sentir solidaridad, pero el primero en sufrir y morir. Jaar ha logrado trasmitirnos que las dos, información escrita e imagen son un conjunto que trabajan de forma equitativa sin restarle relevancia a la otra y nos demuestra de lo necesario que es dejar hablar a las fotografías por si solas, un sonido que llega a nuestra mirada en forma de imagen.
Tras una luz casi cegadora como si nos hubieran esterilizado las retinas pasamos a donde el autor quiere llegar, a lo que se ha llegado erróneamente en el fotoperiodismo, a la especulación, a buscar el morbo de la situación y dejar de lado lo que corresponde con su trabajo, el de informar. Todos conocemos la historia que rodeaba esta fotografía del buitre acechando a una niña famélica, tomada por el fotógrafo Kevin Carter quien trabajaba como cronista gráfico del “apartheid” sudafricano, y que tras ser publicada en la portada del New Your Times y recibir el premio Pulitzer a los dos meses se suicidó. Las conjeturas son varias ¿ayudó a la niña?, ¿la niña estaba defecando? ó ¿porque se suicidó?. Carter tomó esa fotografía porque era su día a día, quería mostrar al mundo lo que ignoran o no les apetece conocer. Dejando atrás ciertos matices técnicos o anecdóticos como si el buitre desde cierto ángulo parece que se encuentra muy cerca de la niña y en realidad no lo es, que si se encontraba no a punto de morir sino realizando sus deposiciones, la realidad no es otra que la hambruna en un país que ya no aguanta más tanto genocidio tanto por parte del gobierno y por la escasez de alimentos. La fotografía es la mirada de quien dispara, retrata lo que ocurre, muchos achacaron a Carter de no socorrer a la niña, pero para él tal vez era una más de los tantos de víctimas que presenció e intentaba ser con ayuda de drogas varias y como leí una vez que un buen fotógrafo es quien consigue que su lente sea la barrera entre él y lo que está ocurriendo para así ser los ojos del mundo.
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