domingo, 14 de noviembre de 2010

Alfredo Jaar, Sound of Silence. Candela Calvo

La exposición de Jaar nos saca de golpe de nuestra rutina firme y segura para precipitarnos a una triste realidad paralela, recordándonos con extrema violencia visual que no todo es tan cómodo.

Con tres diminutas fotografías nos lanza retazos de las vidas de tres mujeres nada diminutas en verdad. Si bien a estas luchadoras no somos capaces de verlas con facilidad (al igual que las fotografías no son evidentes sobre la pared blanca), su defensa por los derechos humanos ha hecho que su presencia destaque tanto como lo hacen las imágenes cuando son iluminadas por los focos que las acompañan, creando mensajes que rozan la agresividad.

Después de estas tres pequeñas bombas, pasamos a una sala completamente diáfana, cuyo significado comprenderemos más adelante, iluminada por un mosaico de fluorescentes que recubren por entero una pared. Es la antesala a un habitáculo de espera para entrar en un cubo negro.

Éste consiste en una sala de proyección dotada de dos focos apagados a los lados y bancos negros, a juego con el resto del ambiente, en una gama monocromática que obliga a nuestra atención a centrarse en la pantalla que se parapeta ante nosotros.

El vídeo que se reproduce es una pequeña biografía de Kevin Carter y la historia de su famosa foto del buitre y la niña africana, con un estilo narrativo que consigue poner al espectador al borde de un ataque de nervios. Cuando, por fin, es mostrada la imagen que ha dado pie a toda esa polémica, los focos se encienden de golpe, simulando un “flashazo”, de tal manera que, en una total confusión, el espectador pasa a ser el fotografiado.

Cuando salimos de aquí, y por si nuestra pupila no hubiese tenido suficiente ajetreo, volvemos a pasar (pues no hay otro modo de salir) por la sala de los fluorescentes. Estos radicales cambios de luz nos colocan en un caos ocular tal que el mareo pasa a ser psicológico, pues por último observamos de nuevo las tres fotografías. Por lo tanto, a pesar de que la historia de Carter es la más impactante, esa luz bestial nos recuerda que el mundo sigue ahí, funcionando, y hay figuras que colaboran en su funcionamiento.

Si bien esta exposición es arte político, quizá tenga más de lo segundo. Pues el arte debe ser una retroalimentación entre artista, obra y espectador, y no nos es permitido actuar sobre ella. De hecho, esta sensación es tal que, al salir a la calle, cogemos nuestra rutina por el punto en el que la habíamos dejado, como si de un libro con un marca páginas se tratara y, aunque nos cueste unos instantes encontrar la línea exacta, nos enfrascamos de nuevo en ella con facilidad.

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