viernes, 12 de noviembre de 2010

¿UN LOCAL CON PAREDES?

CARLOS PEREZ PESTANA

¿Qué es una galería de arte? ¿Un local cuyas paredes se cubren periodicamente con pinturas, grabados u otras cosas relaconadas con eso que, tradicionalmente, se han llamado bellas artes? Hasta no hace mucho tiempo la respuesta sería afirmativa -o casi- pero actualmente ésta ya no seria tan sencilla: una galería de arte es algo, o mucho más que éso.
Después de ver la exposición del último trabajo presentado por Alfredo Jaar en la galería Oliva Arauna, y recibir la impresión -y emoción- del flash, de la fotografía de Carter y del mínimo relato que nos cuenta los últimos avatares del fotógrafo, premio Pulitzer incluído, que sirven de leit motiv al trabajo de Jaar, se da uno cuenta que lo de el local con paredes es algo absolutamente superado por ese concepto tan difuso, y por otra parte tan inaprehensible, que llamamos Historia del Arte. La galería no se resigna a ser la antecámara de esos depósitos de insignes y maravillosos cadáveres que son, en general, los museos. Y así las galerías se convierten, al menos de vez en cuando, de receptoras y expositoras de obras cómo la de Alfredo Jaar, empeñado en mostrarnos de una forma que sorprende y conmueve nuestras más araigadas y convencionales creencias sobre eso que siempre hemos llamado Arte; y de paso, enseña a los estadounidenses que This is not America, que América es mucho más de lo que ellos llaman América y que su bandera no es la bandera de toda América, de todos los americanos; que existen muchas otras Américas y muchos otros americanos y que la mayoría de ellos no se comunican en inglés. Y Jaar también nos cuenta, sin necesidad de colgar óleos por las paredes, que se puede premiar con el Pulitzer a un fotógrafo, para después llevarle al suicidio a base de hacerle reproches por realizar su trabajo, interpretando el mismo sin preguntar si esa fotografía muestra lo que creemos ver u otra cosa diferente; por ejemplo: no a una niña famélica a punto de morir y se devorada por un buitre, sino a la misma niña cerca de su casa -o su choza, da lo mismo- junto a un vertedero de basuras que sirve de comedero al ave y, posiblemente en parte, a la niña y su familia. Y entre tanto, los que mantienen a la niña en tal situación, sea cual sea la misma, jamás se suicidarán ni por esta niña, ni por otros millones de niños, ni por sus familias con chozas junto a vertederos de basuras -con o sin buitres- o sitios peores, si es que ello es posible. Claro está que lo de "matar al mensajero" no es algo nuevo en la historia de la humanidad, ni lo será nunca.

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