miércoles, 3 de noviembre de 2010

La Muerte es segura la Vida no.

La vida no nos pertenece ya que está condicionada por nuestro comportamiento con los demás y aunque no podemos garantizar una actuación sensata, solo complaceremos al prójimo empezando por querernos a nosotros mismos. Diversas expresiones artísticas han plasmado el amor y el deseo como artífices del engaño, la persuasión e inclusive la muerte para justificar ciertos deslices morales. Un ejemplo de tantos son cuatro cuadros del pintor renacentista, Sandro Botticelli (aunque su autoría es discutida sobre todo los III y IV) que se le fueron encargados por Antonio Pucci como regalo de bodas a su hijo Giannozzo Pucci y Lucrezia Bini celebrado en 1483. Estos cuadros pintados al temple sobre tabla narran la historia de Nastagio Degli Onesti, extraídas de “El infierno de los amantes crueles” del Decameron de Boccaccio . Las tres primeras se conservan en el Museo del Prado de Madrid y la cuarta a una colección privada. Cuatro episodios que nos trasmiten la instigación y la manipulación de los deseos. Esto se resume en la historia de Nastagio, personaje que al ser rechazado por su amada decide marchar muy lejos cuando en medio del bosque presencia una escena muy violenta, la persecución de un jinete, Guido a una mujer semidesnuda, mientras es herida por unos perros. Él cuenta a Nastagio que tras el rechazo amoroso de la joven decidió suicidarse y ante la indiferencia de ella y más tarde a su muerte fueron los dos condenados al infierno y castigados a revivir tal episodio finalizando con el desgarro del corazón de la joven.

Cuatro cuadros que no empiezan preparándonos para la situación sino que directamente nos muestra la furia de la situación contrastada con el paisaje apacible e inmutable. Se puede apreciar desde la delicadeza en la expresión de los rostros hasta la multiplicación de las figuras como las de Nastagio, tal como si se tratara de un stop-motion marcado por tres posiciones que da la sensación de secuencia. La fatalidad continua en un segundo cuadro con la extirpación del corazón de la mujer como si expresara “si no me pertenece, no será de nadie”, pero ese sufrimiento no acabará allí caerán en una espiral interminable anticipándose al “eterno retorno” nietzscheano (idea nacida de los estoicos que los humanistas renacentistas bien conocían) un principio y un fin que vuelven a repetirse, además de sentimientos e ideas. Pero al contrario de asimilar una mirada didáctica e intentar vivir sin miedo, Nastagio se vale de la artimaña mostrándole a su amada el infortunio de la pareja (cuadro III) celebrando un banquete. Un época donde la mujer es arrastrada moralmente no ve ésta otra alternativa que aceptar a Nastagio como esposo. Así acabando con el último cuadro, la boda de Nastagio y su prometida. No hay objeto alguno que perturbe el momento, encuadrado dentro de una arquitectura renacentista destaca un arco de triunfo al fondo, tal vez como un símbolo de victoria del dominio sobre los demás.

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