Boticcelli refleja en cuatro cuadros un suceso que sucede durante una semana. La historia consiste, básicamente, en un hombre que es rechazado y consigue, con un método no del todo moral, que la joven a la que pretende acceda a casarse con él.
Al recibir la negativa, Nastagio (el susodicho), decide retirarse a un bosque, donde es testigo de una triste historia parecida a la suya: otro muchacho rechazado se suicida, por lo que es condenado, y la mujer a la que amaba, al no sentir compasión de éste, es destinada a un funesto sino que comparten los dos. Ella es perseguida por él durante horas y, cuando es alcanzada, la despoja de su corazón, que acaba siendo pasto de los mastines. Al ver todo esto, el protagonista celebra una comida en el bosque el viernes siguiente, día de la semana en que se repite cíclicamente esta acción, para que todos lo vean, incluida la muchacha de la que está enamorado. Ésta, horrorizada por lo que pudiera sucederle, accede de buena gana y se consigue el matrimonio entre ambos.
Para reflejar todo este período de tiempo en solo cuatro escenas, Boticcelli representa en el mismo cuadro distintos momentos, simple y llanamente.
Pero lo más curioso de la historia de Nastagio es su función moral: en una sociedad patriarcal, la mujer no debía tener en ningún caso la posibilidad de llevar las riendas. Pero existía, existe y existirá la debilidad que cada sexo tiene por el contrario. Y la posibilidad de dar una negativa coloca a las féminas en un lugar en el que tienen ventajas de sobra. Así pues, Boticcelli insinúa subliminalmente a la sociedad de su época el papel de la mujer y su obligación de agradar al hombre, sea en el campo que sea. Y las consecuencias, aunque reflejadas en estos cuadros de manera casi mítica, las señala con un ligero deje de amenaza. En un ámbito en el que las enseñanzas de la Iglesia estaban tan sumamente extendidas y aprehendidas, el resultado de la joven de estas obras no puede si no anunciar el que las espera a todas si siguen una conducta parecida.
La capacidad de impacto que poseen los cuadros es facilitada por los colores vivos y la expresividad de los personajes. No es el realismo con el que recrea las escenas, pero quizá sí la fuerza con la que lo hace. La duda reside en si estos cuadros iban dirigidos a un público abierto, o si Boticcelli los pintó para decorar sus propias paredes y, por ende, para su propio uso y disfrute. Porque, entonces, ¿a quién estaba intentando convencer del papel de la mujer y del poder que tenía esta sobre el hombre?
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