martes, 16 de noviembre de 2010

EL AGUAFIESTAS

CARLOS PÉREZ PESTANA

Allá por los años ochenta, a un tal Matt Groening y otros se les ocurrió hacer una serie de televisión que habría de ser una ácida sátira sobre la familia media estadounidense, con un padre inculto, comilón y bebedor de cerveza; una madre con más personalidad que él, pero perfectamente integrada en el modelo familiar al uso; un niño, auténtico protagonista de la serie, un tanto gamberro y escéptico sin saber nada del escepticismo; una niña preocupada, progre e intelectual y un bebé que se pasa el tiempo succionando entusiásticamente su chupete. Todos ellos estaban destinados a poner en solfa a esa sociedad consumista, pero perpetuamente insatisfecha porqué su poder adquisitivo no le permite acceder al nivel de gasto anhelado. Así nacieron Homer, Marge, Bart, Lisa y Maggie Simpson: los Simpson. Y los dioses del éxito fueron a posarse sobre sus cabezas y las de sus creadores, productores y, cómo no, patrocinadores. Los adictos a la televisión de los U.S.A. y después de otros muchos países, y también un público no tan adicto se hicieron fans de la familia Simpson, siguiendo sus aventuras día a día, semana tras semana y año tras año. Una parte de los espectadores se reían de ellos, sin percatarse de que, más o menos, era un espejo lo que estaban mirando; un espejo algo deformante quizás, pero un espejo al fin y al cabo. Sobre todo esa multitud de palurdos que, al p hay quearecer, ocupa una parte bastante extensa de la metrópoli imperial. Otros, sobre todo en las costas este y oeste, se sentían superiores al no identificarse con la familia Simpson. Y con el éxito llegaron los premios y menciones: muchos Emmy y Anny y un Peabody, la revista Time la declara la mejor serie del siglo XX, la estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood... Y también con el éxito llegó el merchandising con sus muñecos, camisetas, juguetes, etc., produciendo los acostumbrados torrentes de dinero asociados a estas actividades. Sólo que ésto tiene un gran inconveniente: los productos no pueden ser caros y, por tanto, es preciso fabricarlos lo más barato posible, y para ello hay que recurrir a una mano de obra que sea también lo más económica posible, es decir hay que hacerlos en el tercer mundo y mejor con mano de obra infantil. Y después de varios años de explotar tan lucrativo negocio, a algún imprudente se le ocurre contratar a un peligroso y subversivo artista del que nadie conoce su verdadera identidad, un tal Banksy, para que realice la presentación de un episodio; y al desprensivo no se le ocurre otra cosa que mostrar la explotación infantil que permite tal merchandising. Total, un aguafiestas...

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