domingo, 28 de noviembre de 2010

Orgullo de muro. Candela Calvo

Las calles son un escenario tan bueno como el mejor para reivindicar aquello que consideramos injusto, incorrecto, poco ético…

Al igual que Carlos Garaicoa seleccionaba pequeñas porciones urbanas y las modificaba a su antojo para hacernos ver una realidad política plagada de frustrados gritos revolucionarios, Banksy acostumbra a dejar las porciones allí donde están y modificarlas in situ, satirizando todo lo que toca. Pero el hecho de dejar el escenario en su sitio le plantea la duda a los ayuntamientos de hasta dónde es arte y hasta dónde vandalismo lo que hace.

Su historia comienza en su natal Bristol, donde ya empezaba a dejar huellas con ese proverbial y característico descaro que le hace tan suyo y, junto con el anonimato, tan paradójicamente famoso. Pues dicen que nadie ha visto a Banksy, o nadie quiere decirlo.

Poco a poco, va creciendo en éxitos y en demanda y lo encontramos, como manifestación más reciente, en una cabecera de Los Simpsons en la que aprovecha para bombardear a las multinacionales con mensajes nada subliminales. Contrasta el principio típico y ya de por sí irónico de la serie con pequeñas aportaciones al principio (como un cuervo con tres ojos, fruto de los productos tóxicos procedentes del ser humano, que lleva en el pico una rata, un símbolo del autor que comenzó pintando en Bristol y por el que se le empezó a conocer), con toda una variación al final en la que refleja una fábrica de Corea que explota indistintamente a animales y humanos en su producción de diapositivas de la serie. Critica de esta manera el contrato de la Fox con dicha empresa, algo que, curiosamente, la Fox no se ha preocupado en censurar, a pesar de que da una pésima imagen de sí misma. Quizás porque sabe que esta cabecera no va a arreglar nada. Quizás porque, además de eso, le va a dar una publicidad a la serie que cree una expectación aun mayor. Quizás porque es consciente de que se está diciendo una verdad del tamaño de una empresa como la suya, aunque albergo ciertas dudas sobre esta última teoría.

El caso es que estamos ante una muestra de reivindicación que llega a nuestras casas. Con su particular forma de decirle al mundo que aun puede ser distinto, Banksy se cuela en los salones, en las galerías de arte, en las fachadas. Salpica cualquier medio y se hace ver, alcanzando un prestigio que roza lo absurdo pues, sin mediación del autor, sus obras se venden a precios desorbitados, quitándole al arte urbano todo lo que tiene de público y accesible y, por tanto, de urbano. Al final, fabrica sobre los pobres para los ricos, y esto no es nuevo.

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