lunes, 4 de octubre de 2010

La Habana en Madrid

Grietas, chicles, hojas, baldosas y motas de polvo entretejidas con palabras. Carlos Garaicoa extrae pedazos de la Habana para plantarlos ante nuestras narices con cierta ironía y una pizca de descaro.

Los tapices que albergan los mensajes, objetos tangibles que se pueden pisar, pasan a ser el protagonista indiscutible de la obra, además de dos proyecciones visuales que enfocan, para no salirse de la temática, las zonas representadas en los hilos y alguna que otra más, por si con eso no hubiésemos tenido suficiente. Cuentan una historia (la historia de una ciudad, de un pueblo), de manera muy parecida a como lo hacen las alfombras marroquíes, un paralelismo evocado también por el hecho de tener que entrar desprovisto de calzado a la exposición. Aunque, personalmente, tengo mis dudas sobre si esto último es por introducirnos en una sensación más nítida de veneración o, simplemente, por no estropear el material. Porque unos desconsiderados tacones de aguja, por ejemplo, no serían el mejor amigo de algo tan susceptible como lo es cualquier cosa que se encuentre en posición inferior al género humano, hablemos física o figuradamente.

El caso es que, así, el autor consigue trasladarnos a un ambiente también sobrecogedor. Dato curioso, pues las alfombras, tal como las conocemos, tienen una función decorativa que aumenta la hospitalidad del lugar en que se encuentran. Sin embargo aquí, junto con el silencio y la tenue iluminación, dan un resultado bien distinto.

Pero todo esto hace que el espectador, en medio de este panorama, se integre con los hilos, contemple las fotografías retocadas y tenga la oportunidad de pensar el suelo. Interactúa con la obra, mira, siente, palpa, recibe los diversos mensajes, algunos como bombas y otros más sutiles. Mientras que “La lucha es de todos. De todos es la lucha” es un auténtico grito de guerra frustrado, “El Pensamiento” habla por sí mismo y le deja el trabajo al que se sitúa encima del tapiz. Algo que se acentúa si, además, el susodicho es conocedor del hecho de que esta tienda es una juguetería. Pues, ¿quién mejor que los niños para dejar volar la imaginación? Incluso me atrevería a decir que, cualquier adulto que se precie, haría lo mismo en un lugar así.

Si los rótulos de por sí dejaban entrever un pequeño mensaje revolucionario, tímido, como la punta de un gran iceberg, Garaicoa les da un pequeño empujoncito, añadiendo por su cuenta el resto del bloque de hielo. Algo no tan metafórico, pues nos impacta y nos enfría de igual forma que lo haría éste.

La publicidad habana nos guiña un ojo y nos invita a empatizarnos con su pueblo, aún hoy en vistas de una libertad soñada, anhelada y, sobre todo, merecida.

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