miércoles, 1 de diciembre de 2010

AMARILLOS Y ÁCIDOS (LOS SIMPSONS)

Me gustan mis errores. No quiero renunciar a la maravillosa libertad de poder equivocarme”, célebre frase de Charles Chaplin, mítico personaje cómico. El hombre transita por el mundo bajo esta premisa, y esto se sabe por las mil y una formas de desahogar las impurezas que estorban en el interior de nuestra conciencia. Cada día nos encontramos que vamos adquiriendo tantos defectos como virtudes, de las virtudes se goza pero de los defectos, lo único que nos queda es reírnos de ellos, y que mejor medio que los chistes, la burla molesta o como medicina desinhibidora los sitcoms. Sitcoms hay muchos en la historia de la televisión y que en su mayoría han marcado un retrato exacto de la sociedad moderna, claro está que cada uno ha correspondido a su etapa en particular, pero aun así no han variado demasiado. Si nos ponemos a hacer una lista de las más destacadas sin lugar a dudas, Los Simpsons ocuparían un puesto muy importante. Prototipo de una familia americana cubierta con todos los clichés necesarios para que cualquier espectador se identifique con ellos y cómo no, rodeados de un sin fin de personajes, donde no faltan los vecinos molestos, jefes explotadores (no me cabe la menor duda que Montgomery Burns es casi un retrato de Rupert Murdoch, dueño y señor de la cadena Fox donde se emite la serie), policías corruptos, las charlas en el bar o peleas de hermanos. Es una serie que con suspicacia y con humor negro, ácido, malsonante y/o polémico ha logrado a conectar con el público que lo sigue durante sus casi ya 22 temporadas y que no parece que vaya a acabar allí mientras el mundo le de motivos para hablar.

Un modelo de familia que en todas partes del mundo ha tenido distinta aceptación, siendo en América o en la países orientales mucho más censurada porque chocan con las ideas conservadoras y puritanas, mientras en Europa ha calado con más entusiasmo. Esta familia es una especie de alegoría de problemas actuales como el calentamiento global, o la censura bien resuelta cuando han sabido regresarles la pelota a sus detractores, o temas más cercanos como la adaptación de un familia de clase media en la sociedad donde un cabeza de familia, Homer es el ejemplo del instinto natural o ¿animal? cuyo carácter simple y egoísta ha sido alimentada por la televisión y la cerveza. Pero aún así ha sabido renovarse a si mismo quien a pesar de sus incongruencias es capaz de explotar ese amor deslucido que lleva en su interior. Una ama de casa, Marge que tras dejar atrás su potencial intelecto se dedicó a su familia puntualizándose aquí una crítica a la poca ayuda que reciben las amas de casa para desempeñar una vida al exterior de sus casas. Unos hijos, Bart, Lisa y Maggie, si tres hijos aunque una no hable (Homer decía: el perro no cuenta, Marge) donde Groening y compañía solucionan aquello dando énfasis a sus reacciones. Bart como la personificación de la despreocupación quien se desahoga a través de su picardía para intentar ser diferente, mientras Lisa, niña modelo que gracias a la compañía según ella “rodeada de ineptos” logrará apartarse de esa mente analítica que tiene. Los Simpsons se han convertido en una referencia cultural ya que a lo largo de sus episodios han incluido sketches que parodian infinidad de personajes explicando el porque de su fama e incluyendo una especie de moraleja implícita en cada episodio. Alejándome un poco de lo que quería decir Chaplin, nos divertimos de nuestros errores como la vemos reflejada en los Simpsons, pero a la vez llegamos a punto de reflexión de quien lo está haciendo mal, enfrentándonos a nosotros mismos.

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